Ven (Antipoesía)



Dime cómo te llamas para olvidarlo luego.

Enrique Gracia Trinidad.



...
Yo te diré mi nombre
si algún día puedo acordarme.
Ven.
Hoy es fácil
sentir lo que no somos,
andar donde no iremos,
decir lo que después
nos obligaran a desmentir.
Ven.
Ya no somos nada,
ni un signo,
nada.
Somos algún desecho
de lo que el hombre fue
o podrá ser.
Ven.
Hay que buscarse un lugar...

Antipoesía de la rutina



Me levanté tarde,
la fecha es lo de menos,
dispuesta a ser vulgar, como debe ser,
pero no funcionaba la rutina.

Alguien debió desconectar la mediocridad
o al alcohol se le olvidó que era día laborable.

Los bares estaban mal cerrados,
goteaban los grifos de la desidia.
Una inmensa multitud de ojos
desfiló, sin parpadear, delante de mi ombligo.

El café tenía sabor a tinto,
el pan saltó de la tostadora al vacío,
y al salir por la puerta
descubrí que la escalera
tenía los escalones dormidos.

Aterricé en el portal como pude.
Salí a la calle sin saber nada nuevo del día.
Estaba abierto el quiosco del tiempo
y cogí dos periódicos al vuelo,
sus hojas de gris y tinta, en un extraño idioma,
contaban los sucesos del último medio segundo.

Abro los ojos y los cuelgo
al borde de la sonrisa
de aquellas manos que me despertaron una vez,
esas que se hundieron en mi cuerpo
con la firmeza de las nubes.
Mientras las flores proponen una huelga
contra un sol, que no quiere dar la cara,
yo me siento en el filo de tus labios,
balanceo los pies sobre la eternidad
y echo a volar entre tus andares.
Y lloro.


Vaya una forma idiota de perder otro día...

Hay días malos (Antipoesía)



Hay días malos, días que crecen.

Escóndete en tu cuarto,
cierra la puerta y
olvida la llave.

A la orilla del mar me persigue tu boca,
retumba mi pecho
y tus ojos me mojan las manos.

Recuerdo que una vez me mordiste la vida.
Se te llenó la boca de nada y hiel.

Al Rencor (Antipoesía)



Te reconozco siempre.
Ya no hace falta que vengas.
Prometí no mirarte a la cara
cada vez que lloré con la mente clara.
Desilusión. Y de mí te vengas

Ojalá descorazonada sea al menos tu venganza
y no cobarde, oscura, impenitente,
agazapada en cada sombra ausente,
fingiendo que jamás hiere tu lanza.

Entre azules cielos que envenenas,
¿por qué iba yo a mostrarte mi vida?
Al menos haz brotar sangre de mi herida,
que estoy cansada de morir apenas.



A veces me dan ganas de llorar,
pero las suple el mar...


José Gorostiza.

 
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