
Que ya está bien de medir todo con lupa
y vivir encerrado en el cuadrado.
Es hora de no volver a mirar la hora
y decir:
no quiero tu escaparate,
no quiero ningún complemento.
Las náuseas del negocio,
La prisa por hacerse mayor rápido
y luego volver a ser joven.
Lo previsible del 90% de las miradas,
el límite que separa la genialidad de lo casposo.
Adivina que algunos no queremos la medalla de campeones,
sabemos disfrutar de nuestras preciosas depresiones
y volar libres en 10
20, 30, 40, 50, 60, 70, 80 metros cuadrados
si las ratas pueden, otros pueden.
Colgado a hojas de palmeras,
banderas en los balcones.
¿Quieres salir?
Yo te llevo, pero estate alerta,
porque te pegan con la misma llave
con la que te abren la puerta.
Tote King.
Hagamos un trato

Compañera,
usted sabe
que puede contar conmigo,
no hasta dos ni hasta diez
sino contar conmigo.
Si algunas veces
advierte
que la miro a los ojos,
y una veta de amor
reconoce en los míos,
no alerte sus fusiles
ni piense que deliro;
a pesar de la veta,
o tal vez porque existe,
usted puede contar
conmigo.
Si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo,
no piense que es flojera
igual puede contar conmigo.
Pero hagamos un trato:
yo quisiera contar con usted,
es tan lindo
saber que usted existe,
uno se siente vivo;
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos,
aunque sea hasta cinco.
No ya para que acuda
presurosa en mi auxilio,
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.
Mario Benedetti.
Hasta siempre, maestro.
Antipoesía de la rutina

Me levanté tarde,
la fecha es lo de menos,
dispuesta a ser vulgar, como debe ser,
pero no funcionaba la rutina.
Alguien debió desconectar la mediocridad
o al alcohol se le olvidó que era día laborable.
Los bares estaban mal cerrados,
goteaban los grifos de la desidia.
Una inmensa multitud de ojos
desfiló, sin parpadear, delante de mi ombligo.
El café tenía sabor a tinto,
el pan saltó de la tostadora al vacío,
y al salir por la puerta
descubrí que la escalera
tenía los escalones dormidos.
Aterricé en el portal como pude.
Salí a la calle sin saber nada nuevo del día.
Estaba abierto el quiosco del tiempo
y cogí dos periódicos al vuelo,
sus hojas de gris y tinta, en un extraño idioma,
contaban los sucesos del último medio segundo.
Abro los ojos y los cuelgo
al borde de la sonrisa
de aquellas manos que me despertaron una vez,
esas que se hundieron en mi cuerpo
con la firmeza de las nubes.
Mientras las flores proponen una huelga
contra un sol, que no quiere dar la cara,
yo me siento en el filo de tus labios,
balanceo los pies sobre la eternidad
y echo a volar entre tus andares.
Y lloro.
Vaya una forma idiota de perder otro día...
Casi, casi...

Como el indigente que realmente cree que lo es y se limita a seguir viviendo.
Como las puertas que no saben si fueron colocadas para entrar o salir.
Como la tarde, que imita la luz de la mañana, pero se ve vencida ante la inminencia del anochecer, una y otra vez.
Como una taza de café vacía, que llora con amargo recuerdo su aroma de suicida y el sabor de tus labios.
No sé si así es la vida,
pero la poesía se le parece mucho.
